2008/08/07

Desde casa...

Ya he llegado... no hay nada como el hogar.

Por seguir con el formato, aquí un mail brasazas sin fotos sobre los últimos días en Norwey, a ver si mañana os pongo ya foticos.

Nos habíamos quedado en el lunes...

El lunes fuimos a Bergen, cogimos la ruta corta para la ida, Águr aseguraba que era más fea, pero vamos, en Noruega no hay paisaje feo. El límite de velocidad allí es de 90 Km/h, pero con el Mitsubishi Colt en el que íbamos, no lo llegamos a alcanzar nunca. Los noruegos conducen muy tranquilicos, así que las dos horas y media fueron más un recorrido turístico que un calvario.

Bergen es una ciudad marinera de verdad, con su mercado de pescado y sus barrios bonitos... La pena es que está sufriendo los efectos secundarios de ser tan bonita, los turistas atacamos sin piedad y hemos privado a los Bergeneses de sus barrios más emblemáticos; el barrio alemán (de maderita, muy mono) y el puerto son guirilandia... lo que en esta ocasión los guiris éramos nosotros. Decidimos perdernos un poco por lass zonas menos infestadas de la plaga veraniega. Mucho más bonito, más de verdad, vamos... Compras por la ciudad y a patear. La ampolla que sigo llevando en el pié estaba que trinaba, pero no es cuestión de quejarse cuando estás de vacas. Acabamos en un centro comercial a las ocho y media, petados, pero aún nos quedaba la parte más impresionante del viaje...

La ruta siete; una carreterita de montaña, estrecha y sinuosa, lo que se llama un infierno automovilístico... pero estábamos en Noruega. La ruta siete es una ruta turística que une Bergen con Oslo siguiendo la costa del fjordo. Creo que es lo más bonito que he visto estos días... En su momento de máximo esplendor se veían unas impresionantes montañas coronadas por el glaciar, el fjordo calmo reflejando una ladera verde salpicada de casitas de madera, barquitos, unas nubes bajas y el cielo tintado de rosa... un exceso, demasiado para estar junto.

Llegamos a Eidfjord ya muy petados, creo que son cuatro horas toda la bromita, un palo.

El martes empezó mi última jornada en Noruega, y la más larga.

Empezó cuando me hice un pedazo de vendaje para mi ampolla, algo potente, tenía que aguantar dos días... Fuimos a Rosendal, Águr tenía que hacer unas fotos allí y la acompañamos. Dos horas de coche con parada en Odda, la ciudad más fea de Noruega según los Noruegos; a mí no me pareció tan mal... En Odda había una luz muy mala y estuvimos dando vueltas para ver si se podía hacer algo. Algo se pudo hacer al final, Águr es una pedazo de artista. Comimos una hamburguesa guarra, la comida nacional noruega, y carretera.

Salimos de allí a eso de las seis y media, a las ocho y media en Eidfjord, una hora de descanso y coche a Voss, donde cogía yo el tren a las doce; en la estación conocí a la familia Fujii, unos japoneses la mar de majetes. Tren hasta las siete, por suerte los trenes allí son estupendos y pude dormir bastante, me desperté un momento a las cuatro de la mañana, y era de día. Un día frío y húmedo, yo estaba congelado, con mi pie dolorido y abrumado por lo que me esperaba. Desayuné y me quedé traspuesto en un banco por unos minutos. Tren al aeropuerto; otro rosquete. Llegué muy pronto para embarcar... ¿que por qué no me quedé en Oslo más rato? pues porque es un sitio feote y tenía el pie jodido, sólo quería llegar a casa. Otra siesta en el aeropuerto... siempre me habían llamado la atención las personas que ves fritas en el aeropuerto; entonces las entendí, hay veces que no se puede hacer nada... Facturé la maleta y no encontré la oficina del Tax Free, entré en la zona de vuelos internacionales y me encontré con la familia Fujii otra vez... qué majetes. Tiré más y más tiempo mientras la batería de mi móvil moría poco a poco. Por fin me subí al avión, por suerte iba medio vacío y tuve tres asientos para mí solo. El avión estaba congelado, no había cogido temperatura desde Eidfjord y me sentía como un trapo. Nunca me había alegrado tanto de llegar a Madrid, el último coletazo de la ola de calor me golpeó con toda su violencia... me encantó... En la estación estaba la buena de Sisa que me llevó a tomar unas bravas y una coca cola, lo que se llama un reconstituyente. Hale, al metro y al bus, una vez me subí y comprobé que tenía dos asientos para mí la idea de pegarme tres horas y media ahí sentadico no me parecieron nada duras. Taxi al llegar...

Y por fin en casa... Doce días de calor reconcentrado en mi precioso salón de cristal me dieron la bienvenida mientras comprobaba con resignación que mi aire acondicionado no funcionaba... pero no importaba.

Hoy me he dedicado a deshacer mi maleta y a preparar una importante cita que tengo con el destino, mañana más.