2006/04/20

El Informe Crescent Hill

Bueno, parece que no vamos poder acabar la partida que empezamos el otro día, y como os dije, os cuento el final:

Habíais quedado en medio del Parque Nacional de Redwood, mientras misteriosas figuras os acechaban en la noche.

El día siguiente amanece lluvioso, estáis muy cansados y bastante desmoralizados. Durante todo el día buscáis la garganta que decía la señorita O’Connell, pero se os hace oscuro y no la encontráis, tarde, por la noche llegáis a la carretera, y haciendo autostop volvéis a casa, con las manos vacías.

Unos días después, en la web de la Competencia de la Fundación Lincoln para el Estudio de lo Paranormal, la competencia de El Gabinete del Doctor Schreck, la web de vuestro querido parapsicólogo.

EL INFORME CRESCENT HILL
Por Rabindranat “Tandoori” Shamalan
Investigador de la Fundación Lincoln para el estudio de lo Paranormal.

Una llamada de mi contacto en el FBI me puso sobre la pista de un prófugo de la justicia que había muerto en la ciudad de Los Ángeles: A.M.A., acusado del asesinato de su mujer y del secuestro de su hijo de 4 años J.M.A.

Durante la autopsia de A.M.A. se encontró un implante dental de extraña manufactura; se trataba de una varilla metálica de un milímetro de diámetro y cuatro de largo, con una peculiaridad magnética que lo hacía distorsionar las ondas de radio.

Mi olfato de investigador me llevó a investigar el caso… y tampoco me falló esta vez.

Me dirigí a la ciudad de donde era oriundo A.M.A., Crescent City en el condado de “El Norte”, en California, muy cerca de la frontera con Oregón.

¿Qué sabía yo de Crescent City? Lo que todo el mundo, supongo, el tristemente famoso Tsunami del ’46, alguna referencia criptozoológica, y las leyendas de los indios Tolowa.

Tras horas de camino por la autopista 101, acompañado por los gigantes árboles milenarios del Parque Estatal y Nacional de Redwood, en aquel ambiente como de otro tiempo se ocultaba el misterio, aunque yo aún estaba muy lejos de conocer la terrible verdad.

Llegué a la ciudad el día 26 de Marzo, por la tarde y rápidamente me dirigí a la consulta del Dr. Marcus Fence, el dentista local. La consulta estaba cerrada, pero la puerta trasera estaba abierta, llamé, pero no parecía haber nadie, cuando estaba decidido a abandonar e irme al hotel, mi gato Lucas saltó de su bolsa y se metió dentro del edificio… tuve que seguirle.

Cuando me quise dar cuenta estaba en la consulta del doctor Fence y tenía la ficha dental de A.M.A. en la que no había constancia de la varilla misteriosa. El sonido de Lucas en el piso de arriba me sacó de mis elucubraciones.

Encontré al negro felino en la habitación de Henrry Fence, el padre de Marcus, anterior dentista de la localidad. Estaba entre los paneles de la pared, y al sacarlo encontré algo que me sorprendió sobre manera. Era una foto del doctor Fence en el año 1938, llevaba uniforme de las SS y sonreía junto a Himler, un nombre en el dorso “Heinrrich Fenz”, también encontré una llave, instintivamente guarde ambos tesoros y abandoné el edificio junto a mi gatuno compañero.

Antes de ir al hotel averigüé que los Fence (ahora ya Fenz) poseían el antiguo hospital, tal vez la llave que encontré en la habitación del padre del dentista encontraría allí su cerradura.

A la mañana del día siguiente fui a investigar el destartalado edificio que un día fue el Hogar de Reposo Sant Louis, lo encontré en un estado penoso, a pesar de los diez años que hace que llevan restaurándolo. Tampoco encontré lógica en la gigantesca antena que lo coronaba… algo no encajaba. Otro callejón sin salida.

Volvía al pueblo cuando me crucé con un ejército de ambulancias, un autobús lleno de niños autistas había sufrido un accidente, preferí no acercarme por respeto.

Sin más pistas busqué a alguien que conociera a A.M.A., encontré a un amigo de su infancia, me contó que A.M.A. trabajaba para Marcus Fence (Fenz) en la reconstrucción del Saint Louis con otros 10 trabajadores… durante diez años… algo raro había, seguro. Y seguro que el dentista sabía qué.

Descubrí a Marcus en la clínica local teniendo una agria discusión con un médico… me acerqué disimuladamente, y pude oír que en la autopsia de T.W., el conductor del autobús siniestrado, habían encontrado un objeto alojado en su dentadura, y no aparecía en su historial médico. Marcus cortó la dirección y se fue con su todo terreno. Pude seguirle con mi coche, a una cierta distancia, mientras se internaba en el bosque.

Caía la noche cuando detuvo su coche al final de un camino forestal y le seguí por una serie de cuevas y pasos ocultos que acababan en una puerta metálica.

Lo que había más allá me dejó perplejo, un complejo laboratorio eléctrico lleno de aparatos de una tecnología como no había visto antes… era como la tecnología secreta alemana del final de la segunda guerra mundial, pero mucho más avanzada. Había unos acumuladores eléctricos enormes que producían un zumbido ensordecedor y metros de cable por todas partes, era un sitio enorme… comprendí en qué había trabajado una docena de personas durante 20 años…

Al final del largo pasillo había una gran sala redonda, abierta por el fondo a una catarata por la que se intuía el exterior. En el medio de esta gran sala había una columna de cristal con una criatura nadando en su interior, no pude verla bien porque se movía, pero intuí una forma que me recordaba a una especie retorcida de sirena, con unos brillantes ojos verdes, enchufados a la base de la pirámide había unos nichos metálicos en los que yacían una veintena de niños conectados con cables.

Marcus se encontró allí con un hombre muy anciano que se movía con una silla de ruedas, Henrry Fence (Heinrrich Fenz).

No contaré cómo logré sacar a aquellos niños autistas sanos y salvos de allí, ni qué pasó con Marcus y Heinrrich Fenz, ni como devolví a aquella criatura al lugar donde provenía, pero sí diré que si no llego a intervenir entonces una ola gigante habría barrido la costa de California.

Buenas noches, y duerman bien… si pueden.
Rabindranat “Tandoori” Shamalan