2015/12/03

Nueve años sin Perrito

Los chicos… ay, los chicos…

Las anécdotas, con el paso de los años y de contarlas y volverlas a contar se van transformando en leyenda. En el caso de Perrito no hace falta contar sus anécdotas porque el fue leyenda en vida.

Este año quisiera compartir mi anécdota favorita de Perro… una de sus LEYENDAS:

Eran los últimos días del verano del '98, tal vez los primeros días del otoño, qué más da, todavía nos estábamos mudando a aquel piso de Tenor Fleta sobre el soterramiento de las vías, cómo vibraban las paredes cada vez que pasaba un tren.

Perrito tenía su magnífica colección de cómics todavía en las cajas y era hora de empezar a ponerlos en baldas. Perrito no pedía ayuda, de alguna manera eras tú el que se la ofrecías, sabías que barrer la terraza con él se convertía en algo la mar de entretenido, me ofrecí a ayudarle a colocar aquellas cajas, así fisgaría todos sus tesoros.

Hizo los taladros y colocó los herrajes para sujetar aquellas inmensas baldas, iban a hacer falta porque allí había mucho papel. Montamos todo y nos pusimos a colocar; Conan, Bernie Wrightson, Barry Smith, libros de rol, de Warhammer, Daredevil… inacabable.

Después de unas cuantas horas  horas las baldas estaban llenas, combadas por el peso de tanto material. Por un momento le miré con preocupación pero él me devolvió una mirada segura que daba por buena su obra. Y salimos de la habitación, yo me puse un enorme vaso de Coca Cola y Perro empezó con su ritual de prepararse un calimoso; jarra de cristal, unos hielos, vino peleón y Coca Cola muy negra y muy fría pero justo antes de poder beber el primer trago, el edificio tembló violentamente al paso del Talgo de las 22.47 con destino Barcelona. La vibración fue demasiado para aquellas baldas cargadas por encima de lo razonable e inevitablemente colapsaron.

El estruendo hizo que acudiéramos todos con el alma en un puño, Perro contemplaba impertérrito el espectáculo: las grandes baldas de madera partidas en pedazos y los cómics y libros y figuras de plomo esparcidas por toda la habitación, y cuando digo toda la habitación me refiero a todos y cada uno de los rincones, era una visión desoladora.

Miramos a Perro esperando una respuesta, que nos dijera qué hacer con todo ese desastre, él, con la jarra aún en la mano, se desenvolvió por el caos de papeles y maderas y alcanzó a coger su albornoz. Se cruzó con nosotros en su camino hacia el sofá del salón, se bebió su jarra despreocupadamente y sin darle más importancia dijo —Si no os importa, dormiré hoy en el sofá.

Y allí durmió durante casi una semana, hasta que recuperó energías y abrió un camino entre aquel caos que le llevase a su cama. Los tebeos estuvieron tirados hasta después de Navidad.

Pero nunca torció el gesto ni se lamentó por aquel desastre. Nunca hizo un comentario o un chiste.

Genio y figura.